29/01/08
VERGÜENZA AJENA Y DESVERGÜENZA PROPIA.doc
VERGÜENZA AJENA Y DESVERGÜENZA PROPIA.
Nadie, ni nada, protege los derechos del lector, oyente o espectador y, sin embargo, existen y son los más importantes. El periodista, locutor o presentador está siempre con la libertad de expresión en la boca, en su variante de la libertad de prensa. Las víctimas disponen de las acciones de injuria, calumnia, derecho al honor y derecho a la intimidad, aunque su eficacia es teórica. El ciudadano está inerme ante una información falsa, una opinión vendida o sectaria y, para mayor INRI, hay descarados que se presentan con banderas de fe, patriotismo, y defensa de valores de superior entidad, manipulando personas e instituciones, ofrecen espacios para que los incautos les apoyen sistemáticamente, apoyos sin discrepancia, porque los que discrepan son eliminados. La desvergüenza llega al extremo de incitar a que se envíen mensajes, porque llevan comisión en el coste de los mismos.
En la radio y en la televisión se han puesto de moda las tertulias, esto es, reuniones de personajillos, más o menos conocidos, más o menos serios, que suele cobrar cantidades estimables por hacer de coro del locutor o presentador, permitiéndose toda clase de insultos, mentiras, risitas y bajezas para corroborar lo que dice quien les paga.
Es menos frecuente invitar relevantes políticos compinchados, que reciben halagos y apoyos, y, también, individuos que cobran por aguantar que les digan toda clase de barbaridades, o les pregunten cosas vergonzosas, para la diversión baja y soez del público. Lo que es rarísimo es que aquellos a los que se denigra puedan responder a las mentiras y ofensas.
Este periodismo es indecente y cobarde y debería estar incluido en el código.
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