15/10/08

AVALAR INSOLVENTES.doc

 

 

 

AVALAR INSOLVENTES.

 

 

¡Ya volvemos a las andadas!, el miedo es tan enorme, propio del capitalismo más ruin, que se agarra al clavo ardiendo del intervencionismo. Las reacciones de las Bolsas ponen los pelos de punta, porque certifican la insolvencia de las empresas, y el convencimiento de que el problema únicamente pueden arreglarlo los Estados.

 

El pragmatismo anglosajón se refleja en las nacionalizaciones, es decir, en la asunción directa de las responsabilidades contraídas por no haber sido diligentes en la vigilancia y represión de los abusos cometidos. El fondo del problema es muy simple: algunos se han pasado en llevarse lo que no era suyo.

 

El infantilismo español habla de avales, es decir, persiste en afirmar la solvencia de las entidades financieras, para eludir su responsabilidad por haber consentido las tropelías más vergonzosas. Lo malo es que la reacción de las cotizaciones pone en evidencia que los avalados son insolventes, lo que, más temprano que tarde, saltará de forma arrolladora e imparable.

 

Si usted le hace un préstamo de mil pesetillas a un personaje serio y solvente, no le pedirá un aval para garantizar la devolución, porque si lo hace se ofenderá con razón. Se piden avales, y otras garantías más tangibles, cuando se duda de la solvencia o seriedad del deudor, lo cual, en román paladino se llama “crédito dudoso”, o, en denominación reciente, “activos tóxicos”. Un aval, en definitiva, es convertirse en acreedor de un deudor insolvente. El que avala paga, pero no cobra.

 

La Bolsa es una acusadora inmisericorde, y sus cotizaciones castigan, más pronto que tarde, las mentiras.

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