30/11/08
ERRORES GARRAFALES.doc
ERRORES GARRAFALES.
Es tan poderosa la vanidad humana que nos hace cometer errores garrafales, con sus funestas consecuencias.
En el orden moral, rendirse a la exigencia de Llamazares y revocar unilateralmente el acuerdo unánime de ennoblecer el Parlamento con una placa conmemorativa de la santa carmelita descalza Madre Maravillas, precipita al señor Bono en el pozo de la arbitrariedad.
En el orden cultural, conceder el premio Cervantes al poeta Gamoneda, el Velásquez al pintor Gordillo, o al conceptual brasileño Cildo Meireles, muy señor mío, es poner la creación estética en el capricho del que manda.
En el orden social, el apoyo a la sentencia del Juzgado Contencioso-Administrativo nº 2 de Valladolid, del pasado 14 de noviembre, para retirar crucifijos de la escuela pública, despido intenso olor a justicia de logia.
En el orden económico, empeñarse en que los que se han llevado subrepticiamente el dinero de la gente, a través de gobiernos, bolsas, especulaciones, fundaciones y empresas, van a solucionar la crisis, es creer que los ladrones son gente honrada.
En el orden político, utilizar los votos para llevar una sociedad al desolladero y aturdir a los ciudadanos con eslóganes, compras de medios de comunicación y profesionales, es el encumbramiento de la mentira y de la ambición personal de poder.
La vanidad es tan ridícula, por otra parte, que presenta, muy convencida, lo que es una reacción natural ante un ataque terrorista como una heroicidad en calcetines blancos.
El mundo lanza advertencias de que va mal, pero aquí las entendemos como declaraciones de guerra islámica.
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