28/10/09

UN HOMBRE DISCRETO

 

 

Fernández Campo, conocido por su nombre propio, Sabino, ha muerto como vivió, discretamente. El secreto guardado por su cargo de secretario, porque era lo suyo, ha abierto la válvula de todas las indiscreciones, imposibles de contrastar, y que no añaden nada nuevo, ni bueno, a una época, llamada la Transición, que ha desembocado en la triste situación actual de España. Dios le habrá acogido en su seno, con sus verdades guardadas, y sus silencios cuando le preguntaban impertinencias, o sobre cosas que ignoraba, que también fueron muchas.

 

No pasa lo mismo con los relumbrones políticos que gobiernan desde el Ejecutivo, las Autonomías, los Ayuntamientos y los partidos políticos. Cada cual se cree con derecho a mentir, insultar y provocar al prójimo, y nadie pone remedio a tan vanidosa y pretenciosa conducta, ni siquiera los jueces.

 

A Rajoy le parecerá muy bien que Rato ocupe la presidencia de Cajamadrid, a otros les parecerá que, primero, tiene que explicar por qué salió huyendo antes de tiempo del FMI; a Dª. Esperanza Aguirre, ensoberbecida por los inmerecidos halagos de gentes primadas por ella, le parece intolerable que Cobo le diga lo que lleva sobre su conciencia, por acción propia o por acción de su viejos, alcaldes, granados y gonzáleces, sin olvidar a los levantinos güemeses de los hospitales, y exige al PP que condene a las tinieblas a quien, como dentro del PP no se hace nada regenerativo, dice lo que piensa en un medio de comunicación, El País. ¿Por qué lo habrá hecho?, seguro que tendrá sus razones y, a lo mejor, o a lo peor para Aguirre, las explica ante ese comité de ejecución sumaria.

 

Las heridas de Dª Esperanza, las dudas de Rajoy, han terminado con el PP, para desgracia del PSOE, que lo necesita para su justificación democrática.

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